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Carlos Gallego: alto cargo de la Funeraria Albia. Personaje del año, diario El Mundo

AG
Albia Gestion de Servicios SLV
28 de enero de 20214 min lectura
Carlos Gallego: alto cargo de la Funeraria Albia. Personaje del año, diario El Mundo

«Como no se podía salir de casa, entregamos las cenizas en el domicilio. Era una familia que se había despedido de su padre vivo en la residencia y ahora tenía enfrente a un desconocido que les traía sus cenizas. Me abrieron, cogieron la urna y… se abrazaron a mí. No se me quita de la cabeza».

Carlos Gallego lleva 35 años trabajando con la muerte, pero el último abril se le aparece como si fuera el primero. Ha visto miles de inertes cuerpos horizontales y de familiares a duras penas verticales, pero hay una muerte masiva y reciente en soledad que le discute el equilibrio. Si un experto que empezó vendiendo seguros de decesos, hizo tanatoplastias, se ha pateado el Anatómico Forense, estudia los ritos de despedida para mejorarlos y está en la cima de un enorme grupo funerario lleva tres días llorando a ratos porque va a hablar del Covid, aquí pasa algo.
Se llama pandemia.

«Llegué al cementerio y estaba el cura con un EPI. No dejaban pasar. Abrí el furgón y la familia se despidió a distancia. Se acercó una mujer, me dio un chall y me pidió que lo pusiera en el nicho. Acabó todo y le dije: ‘Le doy mi palabra de que el chall está en el nicho junto a su madre’. Y nos fuimos. Ésa era la pandemia».

Se llama Carlos. Carlos Gallego es el director de Desarrollo y Grandes Cuentas, Comunicación, Marketing e Innovación de Albia, uno de los gigantes del sector en España.

Pandemia y funerarias, organizar la muerte.

«Somos un grupo grande y recibimos voluntarios de toda España, gente que venía a trabajar 16 horas seguidas, sin hotel reservado… Pura solidaridad. Pero sé que funerarias pequeñas sufrieron falta de material y personal. Hubo funerarias que no iban a recoger fallecidos a residencias porque no tenían gente o equipos de seguridad. Durante dos meses, todos los días se caía un avión de pasajeros en un país con los profesionales que hacen atención especializada de la muerte confinados en sus casas. En ninguna escuela de negocio te enseñan cómo actuar en una situación tan dramática. Fue brutal, pero hizo aflorar la humanidad».

La primera bomba del Covid hirió a familias que esperaron semanas para recibir las cenizas de sus muertos, hijos que supieron que sus padres habían sido incinerados a 500 kilómetros porque Madrid estaba colapsado, gente que perdía un familiar, se despedía a distancia y confiaba el último calor a un extraño en uniforme: la funeraria.


COMPASIÓN SOBRE HIELO

“Conservo muchas imágenes, pero hay una… Me tocó ir al Palacio de Hielo a recoger fallecidos. Iba vestido como un astronauta, con dos trajes EPI y tenía tanto frío por fuera como por dentro. Aquello era la inmensidad del dolor, era sobrehumano. Yo sólo sentía compasión”.


 

«Fuimos el último adiós a los seres queridos. Y hablo por todos los compañeros. Llamabas a las familias para decirles que ya estaban las cenizas y oías silencio, llanto y dolor contenido. Yo, a la llamada número 30 ya no pude seguir».

Carlos Gallego pronuncia lágrimas. Pasó nueve semanas sin librar ni un día y ahora trabaja con fuerza, pero cuando el pasado se le presenta, una montonera de penas le interrumpe. «Lo siento. Al hablar de esto me bloqueo. Lo siento».

Marian Carvajal es una de las psicólogas de Albia. Ha visto el interior de muchos trabajadores y sabe que Carlos se escribe en plural. «Vemos casos de ansiedad y ‘flashback’ propios del estrés postraumático. Hay pesadillas, nerviosismo y reexperimentación. Pero hablar es bueno. Tu cerebro revive la imagen para que la proceses».

A ella también le tocó entregar urnas sin vida y llamar a familias de ceniza.

«Silencio total. Cuando al paso de semanas veían la urna, vivían un instante de silencio, segundos muy densos. Y luego, llanto. Dios mío, querías abrazarles pero no podías por intimidad y por la pandemia».

Esta entrevista empezó un jueves y terminó un viernes. En medio hubo una noche para convocar los pasados de Carlos y de Marian. Ésta es la memoria funeraria de la pandemia:

«Una señora que no podía despedir a su marido porque estaba confinada nos pidió que el coche fúnebre se parara ante su casa. El compañero paró el coche ante el portal y la señora se despidió de su marido desde la ventana».

«Un señor se había quedado sin casa y estaba durmiendo a la puerta de un supermercado. Su mujer murió de Covid y él nos pidió que le lleváramos las cenizas. Un compañero le llevó la urna y se la dio allí, en la calle, delante del súper».

«Había muchos casos de cenizas de matrimonios, los dos muertos por Covid, entregas dobles. Hubo un caso… llamé al hijo y, llorando, me dijo que no podía recogerlas porque estaba ingresado en IFEMA. Me pidió que llamara a su hermano. Le llamé y me dijo que le acababan de ingresar también a él por Covid, pero que su hermano aún no lo sabía. Toda la familia estaba infectada. Me heló la sangre».

«Un chico vino a por las cenizas de su padre. Se habían separado y lo último que supo es que había muerto. Le dimos la urna y se quedó inmóvil, callado, en shock…».
– ¿Y qué pasó?
– Le dije: ‘Éste es tu padre, di lo que sientes’. Empezó a llorar sin parar y dijo: ‘Me arrepiento de no haberle dicho que le quería’».


Un aporte de Albia Gestion de Servicios SLV.
Asociado ALPAR en España.

Publicado originalmente en alpar.com.co

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